DATE CUENTA DE UNA COSA

Inspirado en el Manual de Epicteto

Si crees que eres el único que puede,
eres estúpido.
Si crees que eres el único que sabe,
eres estúpido.
Si crees que eres el único,
eres estúpido.
Si subestimas a las personas,
eres estúpido.
Si te crees dios,
eres estúpido.
Si te crees demonio,
eres estúpido.
Si das órdenes para que tus congéneres sepan
que tienes el control,
porque eres un dictador camuflado,
eres más estúpido.
Si no sabes cómo ordenar tu vida,
pero aparentas la prolijidad, eres estúpido.
Date cuenta de una cosa, Carlos:
el único fin del hombre es la tumba,
así que procura ser mejor persona.

SOBRE MAL DE AUSENCIAS

Después de leer Mal de ausencias
de Elder Silva me di cuenta
de una cosa:
mi poesía es como un calzoncillo roto,
como una dentadura postiza,
como un polvo de joven,
como un puchito fumado a escondidas,
como una pajita viendo revistas XXX.
Y es que me atrevo a decir
que buena poesía, como la de Elder, hay poquísima.
(O tal vez exista, como la de Pérez Gadea,
o la del maestro Figueredo,
pero aquí prevalecen los amiguismos,
los que se juntan para armar festivalitos a dedo,
los que ganan un concursito
y se creen la última chupada de mango).
Y si alguien lo duda,
porque para eso estamos los egopoetas,
los quiénesestequedicebarbaridades,
puede leer ese libro.

Posdata: Si el libro no tuviera faltas ortográficas,
y los editores hubieran leído con más cautela,
el poemario hubiese sido perfecto.

MI MUSA

Se me acabó la inspiración poética.
La poesía se ha vuelto caca de elefante.
No tengo ganas de sociabilizar
con los que se llaman poetas,
con los chamulleros del verso.
A mí se me da
por tomarme un café de mañana,
rascarme la panza,
tirarme un pedo de costado.
No sé si exista un papel higiénico
para esa caca tan grande.
Y que no se ofendan los escritorcitos.
Espero que no me condenen
por tanta malacrianza.
Perdonen. No sé qué le ha pasado a mi musa,
quizá esté con colitis, quizá el frijol le ha caído mal,
quizá se haya cansado de mi mal aliento.

EL EMBALSAMADOR

Augusto Medina miraba con atención el rostro apacible de su padre, quien estaba sentado en el comedor junto a su hermana y su madrastra. Estaban consternados por no sé qué cosas, y eso llamó la atención del joven médico.

—Sé que debes estar molesto. No pude pasar por la farmacia para traerte el remedio para la gastritis, ni las pastillas para la migraña de Cristina. Ya sé, me vas a decir que de esas cosas tan importantes no me puedo olvidar, pero hoy tuve un día muy complicado. No es fácil trabajar en un hospital público. Muchos pacientes llegaron para que los atendieran por emergencia… No te imaginas… Una pobre anciana llegó con una pierna rota y no tenía buena apariencia. Entró al quirófano; se hizo lo que se pudo, y nada. Tuvimos que amputársela. Eso fue traumático. ¿Te imaginas? Salir de tu casa, ir por la calle, muy tranquilo y que después no te acuerdes de nada… ¡Qué doloroso! El impacto debió haber sido muy fuerte para que la pierna le quedara destruida. Se ven cosas terribles en ese lugar. Me asusta —dijo Augusto, mientras lo miraba a los ojos; intentaba descubrir lo que su padre estaba pensando.

Prosiguió:

—Creerás que estoy mintiendo, cuando te digo las cosas que se ven allí. Por momentos, me gusta. Me agrada ayudar a las personas que lo necesitan, pero hay situaciones en las que las cosas se salen de control. ¿Qué le vamos a hacer? Puede ser que hayas tenido un día medio complicado también, y lo imagino: tener que soportar a la víbora que tienes por mujer no debe ser nada fácil. La gastritis es incómoda, pero no es algo para temer. Dijo el médico que no andes fumando y que le aflojes al café.

Apenas terminó la cena, pidió permiso a los presentes y se retiró. No permitía que las ráfagas grisáceas de su mente lo invadieran; buscaba de forma inmediata los medicamentos que el doctor le había recetado. Bien guardado tenía el secreto de que visitaba a un especialista para tratar esas dolencias que todavía no podía identificar y que solo estaban en su cabeza. Amaba —por sobre todo— la soledad. Era un poco extravagante en cuanto a distracciones: su padre le había prohibido en innumerables ocasiones que jugara con animales yertos y disecados, pero esos detalles los omitía.

Era un hombre que había aprendido lo mejor de la facultad, y por eso le hicieron firmar un contrato de tiempo indefinido para trabajar en el hospital. ¿Qué más podía pedir? Para ser un joven todavía, tenía la dicha de tener un trabajo digno, que le permitía darse gustos que muchos de sus contemporáneos envidiaban.

Al principio eso le resultó satisfactorio; después todo cambió. La tarea de cuidar enfermos, tratar sus dolencias y muchas veces verlos morir no fue para nada agradable. Buscaba la manera de salvarlos, y se dio cuenta de que la muerte le ganaba la batalla. Eso, en un corto recorrido, devastó su sensibilidad. Se acostumbró a sentir ese aire gélido y mortecino que solo llega cuando un espíritu deja el cuerpo y él, allí, sin poder hacer nada más que declararse vencido. Se dejó entrever que el único mundo que lo hacía feliz era el suyo; él inventó una forma alterna de distracción, un método para que nadie lo abandonara.

—No te preocupes, Augusto. Ya la gastritis ha dejado de molestarme desde hace tiempo. Tienes que relajarte un poco, hijo mío. La profesión que elegiste te está acabando. Lo veo. Tienes unas ojeras del tamaño del mundo… Hay situaciones que solo los padres podemos notar. No veo que salgas con tus amigos y te diviertas. Eso es lo que mata, lo que gasta el espíritu. Mucho trabajo, ¿y para qué? No creas que el dinero es algo indispensable; eso no es así. Te aconsejé que siguieras el camino de la medicina porque creí que era necesario; los tiempos se han puesto más difíciles de lo que creemos. Un médico puede salvar vidas, si aquello está en sus manos. Ya has hecho demasiado. ¿Me oyes? Siempre actúas como si no te importáramos. Eso no puede ser posible. Tienes que enfocarte, hacer algo que quite esa tensión que te produce el trabajo.

Antes de ir a su cuarto y después de haber pedido permiso para levantarse de la mesa, prendió un quemador de la cocina y puso a calentar una tetera con agua. Estaba bien acostumbrado a ponerse paños calientes alrededor del cuello para desinflamar los músculos y mitigar el dolor. Es cierto. Hablaba poco (lo indispensable) y trataba en lo posible de comunicar lo necesario a los pacientes, que siempre esperaban una palabra de aliento. Como médico, era un excelente y envidiable profesional. Tuvo intensas conversaciones con la parca —desde que se graduó— y desde allí, intentaba, por los medios que fueran necesarios, que las personas que él atendía no le demostraran afecto: le gustaba mantenerse distanciado de aquello que podía parecerle emotivo.

—Papá, Augusto no es un chico normal. Deja su cuarto bien cerrado y no puedo entrar a limpiarlo. No te lo he contado porque no creo que sea algo a lo que debería darle demasiada importancia. Siempre me permitía entrar, y hasta dejaba que ordenara sus cosas. Pero, de un momento a otro, puso cerrojo, y me es imposible abrir la puerta. ¿Podrías ver eso? ¡Habla con él! Y qué te puedo decir de Roberto: ha cambiado; no es el chico del que me enamoré. Apenas me habla. ¡Sí!… No me digas que son cosas de hombres. Sé bien que fue él quien hace dos días llegó a visitar a Augusto y que ni siquiera se atrevió a saludarme. Se dio cuenta de que estábamos sentados y nos ignoró totalmente. Recuerdo que se apagaron las luces y mi hermano le mencionó que había habido un corte eléctrico. Fue insólito, ¿no crees? Es raro que después de tanto tiempo pasen cosas extrañas. ¿Por qué permitiste eso? ¡Sí, claro! El insolente puede entrar a la casa, omitir el saludo y, además, quedarse, horas y horas, encerrado con Augusto. ¿Qué le pasa? Algo debe estar tramando con ese pillo de mi hermano, que ni siquiera me nombra.  ¿No te parece extraño eso? Me olvidé de contarte que encontré el cable del teléfono roto; me da la impresión de que alguien lo cortó. Podríamos hacer algo para que las cosas vuelvan a ser las mismas de antes. Aquella muchacha que tenía de novia no ha venido más; me caía tan bien… Pero ¿qué podemos esperar por parte de mi hermano? Es un verdadero desastre. Las cosas no están bien con Augusto. Pasa demasiado tiempo en el sótano. Se queda haciendo experimentos raros. La última vez lo vi disecando algunos bichos. A mí me dan pavor. Deberías hablar con él.

Cuando regresó a la sala, ellos continuaban sentados, abstraídos con las cosas de su mundo. Él entendió que querían tener una conversación privada —ya que últimamente estaban distantes, casi extraños—, y no quiso molestar. Se despidió y se dispuso a dormir. Eso sí… la puerta de su cuarto quedó bien cerrada. No le gustaba que nadie lo molestara bajo ninguna circunstancia.

—Voy a tener que ir a trabajar en el sótano. Tengo que encontrar el momento exacto para hacerlo sin provocar demasiado ruido, para que mi padre no se dé cuenta. Este sábado no tendré guardia. Ese será el momento preciso. Mi familia estará más unida que nunca. Mi hermana ya no se sentirá tan sola… Le va a dar una alegría tremenda cuando lo vea, cuando se entere de que nunca la dejó de querer y por ello vino a buscarla. Me ha costado trabajo encontrar el maquillaje perfecto; estoy seguro de que esos detalles no serán de mayor importancia, pero, por las dudas, lo retocaré con una pintura que se asemeje a la piel, para que no se le note esta palidez tan parecida a la melancolía. Está tan enamorada la pobre.

Algo tenía la mirada de la madrastra que a él no le agradaba. Desde que era un niño la había odiado con el alma. Le deseaba la muerte.

—Este muchacho no está bien de la cabeza. Siempre me di cuenta de que no era una persona cuerda. Ahora se le da por dejarnos en este lugar, a oscuras, y no le importa nada. Pasa más horas en el sótano que aquí con nosotros. Han pasado más de dos años, y no nos dirige la palabra. Se hace el que nos escucha, pero nos ignora.  ¿Crees que no me he dado cuenta? Me odia con todas sus fuerzas porque cree que suplanté a su madre, y no es así. Ese café que bebimos meses atrás tenía un sabor extraño; desde allí no hemos vuelto a ser los mismos… No quieres hablar de eso; tampoco te atreviste a confesarle quién era su madre realmente… ¿Le dijiste lo que pasó con ella? Hay cosas que no pueden ocultarse, Esteban. Como padre, debes saberlo… Te has dado cuenta de que la mayor parte del tiempo vivimos en penumbra; no hacemos otra cosa que estar aquí, sentados, duros de frío. Estamos oliendo mal. ¡No dices nada!

—No enfurezcas, mujer. Es joven todavía. No podemos acusarlo de indiferente. Creo que en algún punto de la vida perdió el rumbo. Si no fuera por él, no estaríamos tan bien como lo estamos ahora. Por lo menos, escuchamos el tránsito, los pájaros que cantan por la mañana; vemos la luz del día. ¿Eso te parece poco? No es necesario que te quejes. Sé que diste lo mejor para que Augusto te quisiera, pero no lo conseguiste. Es un ser demasiado orgulloso; le cuesta sentirse vencido, pusilánime. Sé que, en el fondo, tiene un corazón noble.

Se sentó a la mesa y los miró a todos; se sintió feliz de tenerlos a su lado, de saber que ellos nunca lo abandonarían. Preparó un café y dijo que les tenía una sorpresa, que tenían que mantener cerrados los ojos. Al cabo de unos minutos vino con Roberto; lo acomodó, como pudo, en una silla.

—Te dije, Cristina, que tu novio jamás te iba a abandonar. Nadie de mi familia puede quedar triste. Aquí lo tienes. No sé si me pasé de maquillaje, pero está sanito, dispuesto a quedarse con nosotros.

Ninguno se dirigió la palabra. De pronto, alguien tocó la puerta con gran desesperación. Augusto les pidió que no se alarmaran; su novia llegaba muy temprano a verlo, pero esa vez, ella también estaba en el sótano. Abrió despacio la puerta y de pronto sintió que una fuerza lo empujó y cayó al piso. La policía había llegado hasta su casa con un mandato judicial. El novio de Cristina les informó a sus padres que algo raro pasaba con esa familia, que iba a indagar y que daría parte a las autoridades si era necesario, pero no volvió más.

Entre ese cúmulo de gente que estaba fuera de la casa de Augusto, estaba la madre del joven. Cuando le pusieron los grilletes al médico, la mujer pudo entrar y lo que vio la dejó estupefacta: su hijo tomaba un café con los embalsamados.

Del libro inédito El intruso y otros cuentos

BAJO LA LLUVIA

Estoy contrariado, tengo culebras en la cabeza. No sé qué hacer. Está por llover. Está por caer un chorro intenso de orina sobre nosotros. A muchos les gusta la lluvia, hasta les parece romántico. ¡Pendejos! ¡No jodan con esas cosas de película! A mí, hablo por mí, esa previa a la meada de los ángeles, me pone tenso. No sé si a alguien le pasa lo mismo. Hoy saldré desnudo, bajo la lluvia, con el colgajo al viento y trataré de ser la lluvia, a ver si de una vez por todas empiezo a quererla como lo merece o a declararle mi odio hasta el infinito.

LA VI

Llovía. Los pingüinos caían bajo la lluvia. Ella se puso de frente, como si no la conociera, como si no importara. Sus ojos pequeños me dijeron algo, me sonrieron, como si fueran una felicidad eterna. Y nada importó, nada fue más que un breve espacio, un lúcido momento de sueño, de irrealidad. Los pingüinos caían bajo la lluvia, bajo melodía surreal. Después de no poder decirle algo sobre ojos de universo, ella subió en un tren, un tren pequeño, y se fue.

LA PLAYA

Amanecí con ganas de extrañarte,
de ser tu abrigo los días de tormenta.
Amanecí con tu perfume,
con esa emoción de verte en mi memoria.
Estás en cada constelación de mi recuerdo,
de mi piel gastada.
Sería perfecto encontrarte,
verte en el espejo de mis ilusiones,
como si estuvieras y nunca te hubieses ido.
Amanecí con tu respiración,
con dos gotas de nostalgia en el ser,
con las noches más lluviosas en mis ojos.
Lamento no decírtelo, no haberme despedido;
lamento mi vuelo de gorrión libertario.
Pero es tarde, me aprisiono en tu memoria
y tú sigues siendo esa playa donde caminamos la última vez.

CUANDO LOS CHICLES ERAN TESOROS

El que no ha comido un chicle gastado, de tiempo, que ha sido abandonado en alguna acera por algún transeúnte despistado, no ha sido un buen niño. El chicle, como un tesoro, se busca, y con mucha suerte se encuentra.

Hace calor en Paso de los Toros. Mariela camina rápido, emocionada, hasta la mitad de la acera, mira hacia abajo. Se agacha. Qué hacés, le dice Chichi a Mariela, cuando la ve despegando un chicle. Levantando nuestro tesoro, responde Mariela. Chichi mira como su hermana mayor se lleva a la boca el chicle que ha encontrado, luego le convida con la mitad. Las dos hermanitas, con dos años de diferencia, no saben lo peligroso que puede ser masticar un chicle caído, de quien sabe qué boca. Pero eso no es lo peor. Las dos compinches no piensan en otra cosa que en buscar tesoros: aquellas masas pegajosas y con algo de sabor que están pegadas en cualquier parte de la acera.

***

Sí, cuando Mariela me contó esa travesía chiclesca, me produjo cierto malestar, pero luego se convirtió en una gran idea para contar una anécdota. (Pero quién era yo para juzgar aquellas acciones, cuando fui el primero en comerme los mocos. Sí, esos mocos secos y verdosos que sacaba de mi enorme nariz.  Y si yo prefería comerme los mocos, por qué no pueden otras personas comer chicles de las aceras). Está bien. Tampoco diré que nunca lo hice: cierta vez encontré debajo de mi silla de la escuela primaria un chicle que conservaba un color todavía rosado, y también me lo llevé a la boca, lo hice sin asco. Ya fuera por hambre, por distraerme de clases, pero lo hice. Mastiqué y mastiqué, sin parar, hasta quitarle el último dulzor que le quedaba. No me arrepentí. Mi madre ni se enteró de aquella asquerosa travesía, si no, supongo yo, que me habría dado una rezonga o uno de sus zapatos voladores me hubiese golpeado la cabeza.

Estoy tratando de dilucidar la verdadera razón de aquellos actos medio asquerosos, medio inocentes, aunque no encuentro respuesta a mi pregunta. Pero ¿a qué viene tanto amor por los chicles pegoteados, ya masticados por otras personas, que nos llaman tanto la atención? Mariela no me ha sabido decir con exactitud por qué tenía cierta fascinación y Chichi tampoco lo ha sabido, aunque supongo que, en medio de esa búsqueda del tesoro, esa traviesa fascinación, encontraron las dos hermanas (porque también Chichi había comido chicles de antaño) el último sabor que les quedaba a las gomas de mascar. Y si eso es una fascinación, yo también puedo decir que, alguna vez, la tuve por comerme los mocos.

LA MESA

Me he sentado a la mesa,
sin mucho que esperar.
He comido. Me he saciado.

No esperé más del mediodía;
no esperé, ni siquiera,
su calor.
Me puse a reflexionar
sobre el alma,
sobre la contemplación del miedo,
pero no me atreví a decir
una sola palabra,
una frase que me aliviara
de la soledad que busco
cuando me siento a la mesa.
La espera se hizo liviana,
se posó junto a mí,
me dio la paz de un trágico mediodía.

DEJA QUE REVIENTE EL PETARDO

Nadie salió herido. Les juro que fue una travesura de muchacho, pero nada más. Solo fue un petardo.

No sé qué ocurrió esa mañana en particular. Aunque trataba de hacer las cosas bien, siempre terminaba cagándola. Es así: las cosas por su nombre. (Aquel que no se haya mandado ninguna pillería, miente). Me levanté temprano gracias a los avisos de mi abuela, mi mamá Felicia. Hice el recorrido de siempre hasta llegar a mi querido colegio San José. Pasé por aquella enorme entrada que antiguamente conducía al primer pabellón (pabellón donde estudiaba en aquel entonces). Llevaba en el bolsillo de mi pantalón unos petardos que había comprado el día anterior: me sobraban tres para ser exacto, una caja de fósforo. Sí. Una jodida caja de fósforo que se prestaba para la tentación.

Me junté con unos cuantos amigos de pillerías. Charlamos un poco. Me dijeron que el profe Martínez, el que se sentaba con las piernas cruzadas, a lo nena, no había llegado a clase, que les parecía raro. Parece que no va a venir, tendremos dos horas para huevear. ¿Y el brigadier? Ya sabes que ese es un huevón, que no dice nada. No sé si el momento se prestaba para hacerme flaquear en mi buen comportamiento, así que pensé: ¡Qué bueno sería prender un petardo aquí!, al fin y al cabo, ya estamos por terminar las clases. Aquí traje unos petardos que me sobraron de ayer, fácil los hacemos reventar y ya, nadie fue, chitón boca, aquí nadie vaya a sapear o le sacamos la mierda. Algunos de los que ya nos conocían, que sabían que nos gustaba meternos en problemas, solo levantaron los hombros y nada más. Bueno, dije, qué tanta pendejada, reviento el petardo y a la mierda. Cuida que no venga nadie, dije.

Si hubiese sabido lo siguiente, no lo habría hecho. Caminé entre la hilera de sillas moribundas, y llegué a la pared amarilla de la parte trasera del salón. Como había agujeritos apretados, decidí que allí pondría el petardo. Miré para la puerta principal. Fíjate bien, huevón, no la vayas a cagar. Si me pescan haciendo esto, me expulsan. Claro, no te preocupes, me dijo. Saqué el petardo de mi bolsillo, lo puse en la pared. Ya no giré para preguntar por si había alguien, y proseguí con los hechos. Ubiqué el petardo, lo puse de culo, bien apretado contra el fondo del agujero. Saqué la caja de fósforos, la abrí. ¡Qué alegría cuando vi que ya estaba por cumplirse mi travesura! Sentí ruidos en el salón, pero como estaba seguro de que el profe Martínez no llegaría, me dieron ganas de terminar lo que había empezado. ¡Enciende ese fósforo, huevón!, me dije. Lo hice. Pero con un pequeño viento, este se apagó. Ahora saqué de la caja, unos cuantos. Los prendí. Acerqué esa llama hasta el petardo, y se prendió la mecha. ¡Cagada completa!

No terminé de girar para decirle a mi secuaz que ya estaba listo, cuando vi al profe Martínez con esos ojos desorbitados, con esas ganas de pegarme un buen cocacho, de decirme que ese sería mi fin, que hablaría con los de OBE para expulsarme. Pero, ante todo, dijo: ¡Deja que reviente el petardo!