LA BOTELLA DE VINO

Hoy abrí una botella de vino,
anduve calato por las calles,
fui con mi mascota al cine,
me miré frente al espejo
y sonreí.
Estornudé frente a unos parroquianos,
les mostré mi trasero peludo
y regresé a casa.
Me llamaron loco.
Me maldijeron hasta la muerte.
Pero volví a beber tanto como si fuera el último día.
Me acordé de los chancletazos de mi madre,
de sus licuados de ajo, cebolla, limón y miel
para el resfrío.
Ah, eso sí, los pedos son superpoderosos,
ahuyentan a los hipócritas.
Salí de nuevo al día siguiente,
me topé con unos cuantos virus,
pero la receta de mi vieja hizo efecto:
el virus se fue con el rabo entre las piernas.
Perdón… me fui de tema:
Ah, sí… La botella de vino me devolvió a la realidad.

EL INTRUSO

La mañana tenía un aspecto mortecino. Las hojas de los árboles caían, por esos meses, como lágrimas de otoño; el vuelo de los gallinazos alertaba de alguna podredumbre cerca. Las casas, frente al cementerio, parecían misteriosas. A lo lejos se avistaban las cruces y, por las noches, las luciérnagas danzaban en el aire. En ese silencio habitual tan parecido al de un sepulcro eterno, se escuchó el grito desgarrador de Francisco: «¡Ayúdenme, ya están aquí!». Aquel niño estaba afectado por una extraña enfermedad que le producía espejismos y alteraciones, acompañado de sudores fríos e inapetencia.

Cuando lo escuchamos, mi madre y yo nos preparábamos para ir ese domingo a presenciar la misa. Siempre tuvimos una relación cercana con Francisco. Por las tardes iba a mi casa para que mi madre lo convidara con sus exquisitas galletas de coco, recién salidas del horno. Después de ello, se entretenía con los pocos juguetes que aún conservaba de mi infancia. A sus escasos ocho años, siempre había estado rodeado de dulzura e inocencia. Mi madre ya no había podido tener otro hijo después de que mi padre se había ido a la guerra y por ello, en su eterna espera, adoraba a Francisco y lo consideraba como mi segundo hermano. Jamás me incomodaba su presencia. Dejaba que revoloteara por mi habitación a su modo y después, con mucho cariño y actitud de hermano comprensivo, lo ayudaba a ordenar de nuevo aquel caos.

—Alejandro, ¿me prestas aquella pistola que está sobre tu escritorio?

—Es un obsequio de mi padre; me la dio al cumplir los cuatro años, Francisco, y la cuido mucho.

—¡Préstamela un momento! —insistió.

—¡No te presto nada!

Era inevitable pensar en la enfermedad de Francisco. Incontables veces, los médicos llegaban a practicarle exámenes que, en realidad, nunca ayudaban en nada a su mejoría. Doña Luisa, algo escéptica, llevó a Francisco a ver a un curandero, pero de él solo obtuvo malas premoniciones.

—Vivir cerca de un cementerio no es bueno, señora; aquí un alma está matando a su hijo.

—¿Morirá? ¡Sí!, a menos que…

—Le ofrezco todo lo que tengo, señor.

—¿Todo? —preguntó el brujo.

—Mi palabra es una promesa cumplida, buen amigo.

—Haremos una mesa de sanación este viernes de muertos.

Aquella promesa de buen pago y de benevolencia se acabó en el preciso instante en que, a la mañana siguiente, Francisco se había despertado llorando y maldiciendo aquellos ruidos que aturdían su mente.

Eran las siete en punto de la mañana cuando caminamos hasta la casa de Francisco. Solitarios de fe, nos acordamos de tantas historias que se tejían en torno a ese extraño sitio… Se abrió aquella puerta; su chirrido fue lúgubre, y entonces advertimos la presencia de doña Luisa, ya cansada, y con síntomas de no haber dormido nada. No esperó un segundo más y se abalanzó a los brazos de mi madre, como una niña, suplicando un poco de comprensión.

—¡Amiga mía! —lloraba desconsoladamente—, ¡Francisco morirá!

—No le sucederá nada al niño, Luisa, debes ser fuerte.

—No se puede ser fuerte si no se tiene una respuesta esperanzadora ante tanta desgracia y desolación.

—¿Qué te dijeron los médicos? Amiga… hasta un brujo embustero llegó a mi casa y no hizo más que mentirme. Francisco morirá.

—Nadie se va a morir, Luisa, ¡nadie!

Doloroso fue ver a esa hermosa señora, convertida en esperpento, aceptando la derrota por aquellos augurios de brujos embusteros y de otros que creían que las almas perseguían al niño para purgar su pena.

—¡Pasen! —nos dijo.

Entramos, y la sensación de abandono se apoderó de mí. Mi madre me apretó la mano y dijo que hacía demasiado frío. Y aquella escalera, en medio del salón, me atemorizaba. Las paredes descoloridas y sucias avivaban una frágil dejadez. Por cuestiones de tiempo y porque se rumoreaba una doble vida de aquella hermosa mujer, nunca habíamos visitado a doña Luisa y a Francisco.

—¿Desean un café?

—¡Claro!

Sentí que alguien me observaba atento. Mi madre aceptaba las explicaciones de su contemporánea por ese sufrimiento que llevaba a cuestas. Algo ahí me incomodaba, y supe que no era la apariencia de la casa lo que erizaba mi piel.

—¿Y Francisco cómo está ahora? —pregunté, en medio del cuchicheo.

—¡Duerme!

—Lo escuchamos gritar, y por eso vinimos.

—¡Lo sé! —aclaró doña Luisa—. Me volvió a decir que un fantasma le habla por las noches y hace ruidos para asustarlo.

—¿Fantasma?, son boberías.

—Lo mismo le aclaré hoy.

—¿Cuánto hace que a Francisco le sucede esto?

—Hace cuatro meses que empezó con estas alucinaciones.

Me acordé de que, en ese mismo lapso, había ido con mi madre a visitar a un médico: un hombre con apariencia hostil y desafiante, que me hablaba con términos ininteligibles y que me pidió incansablemente que no me olvidara de tomar los medicamentos.

—¡Cuánto tiempo ha pasado…! —añadió doña Luisa.

—¿Puedo verlo?

—Te repito… ¡Está durmiendo!                                                                            

No quise insistirle. Noté su desavenencia, y aquello hizo que se me erizase el vello.

—¡Está bien! —acepté.

—No te preocupes, Alejandro, sé que lo quieres como tu hermano menor y me lo ha dicho en reiteradas ocasiones.

—No quiero que le suceda nada, Luisa.

—Nada le pasará.

Nos despedimos atentamente con el deseo de regresar aquella misma tarde a visitar a Francisco.

—¡Volveremos!

A la mañana siguiente golpearon la puerta de mi casa. Como pude, hice pasar a Francisco. Quedé sorprendido. Mi madre, que no había podido dormir por una angustiosa preocupación, me miraba.

—¿Lo viste? —le pregunté.

Hubo silencio.

—Atiende a mi hermanito; invítale aquellas galletas que hiciste para mí… yo no las quiero.

Pensé que mi madre se había puesto melancólica con la milagrosa sanación, y no tenía palabras para expresarse.

—¿Te gustaron las galletas? —le pregunté al pequeño.

—Sí, y mucho…

—Te extrañé; pensé que podías morir.

—Ven a jugar conmigo… —me pidió.

Me senté por primera vez a desafiar la imaginación y tuve una emocionante alegría.

—¡Cuidado!, mi avión destruirá tus tanques…

—¡Imposible!, mis tanques son tan poderosos que podría hacer añicos el universo.

—¡No!, el universo no lo destruirás porque mi avión… ¡Está bien!, te dejaré ganar por esta vez.

Así le permití que ganara la batalla y que su avión desmantelara mi cuartel lleno de soldados, de tanques y de misiles. Me sentí contento de que Francisco hubiera ganado la batalla que me felicité por aquella acción. De pronto, empezó a llorar.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Mi madre me dijo que papá no va a volver jamás.

—Hay personas que nunca regresan.

—¿Tu padre tampoco regresó?

—Así es… el mío también fue a combatir, y no volvió.

—¡Alejandro!, ¿olvidaste tomar el medicamento?

En la puerta, mi madre, seguía husmeando con su mirar avejentado. De pronto Francisco desapareció; la angustia atrapó mi alma.

—¡Se fue…!

Llegaron dos hombres vestidos de blanco a visitarme. Dijo mi madre que eran mis amigos y, en realidad, nunca supe de ellos hasta ese momento en que se acercaron.

—¡No se acerquen!, ustedes me dan miedo, son malos… Mamá, no los quiero conmigo, me asustan.

—Alejandro, tranquilízate y permite que estos señores te ayuden.

—No dejes que me lleven, mamá… me asustan demasiado… Ellos no son lo que tú crees.

—No le hagan daño —ordenó mi madre.

—Descuide: no haremos nada que afecte la salud de su hijo.

El rostro de aquellos hombres se deformó totalmente y se convirtieron en monstruos. Me taparon los ojos y me pusieron una camisa de fuerza. Caí al suelo. Desperté en aquel lugar.

—Francisco, llegaste, querido amigo; te extrañé demasiado.

—Te quedaste dormido, Alejandro… Todo el tiempo te cuidé.

—¡Creciste!, estás hecho un campeón… ¿Y mi madre?

—Tu madre también se fue a la guerra, querido amigo.

—Pobre de ella, Francisco… Siempre me acordaré de sus galletitas de coco y de sus cánticos a medianoche.

—No lo dudo, mi amigo, no lo dudo.

Sentados en ese hospital psiquiátrico, barbudos y muy viejos, pudimos descifrar los secretos de la vida y encontrarnos espiritualmente.

—¿Y Marcela y Leonardino?

—Murieron en la guerra… El mundo es una constante batalla donde se aprende ganando o se gana perdiendo.

—Linda frase, Alejandro.

—Deberíamos ir con ellos, Francisco.

—¡Imposible!, nosotros tenemos nuestra propia guerra.

EN MIS AÑOS JÓVENES, MADRE

Y si estuvieras en mis años jóvenes, madre,

y te posaras en mis rodillas inquietas

o mis pensamientos diáfanos,

me llegaría a modo maríacristomaría.

Esto es a tu nombre como lo mío es a extrañarte, madre.

Y aquí se te espera

con la misma tarde campesina,

con los años ladrillos de nuestra casa.

Ya me estoy acordando de tu refunfuñar,

cuando el sol iba de siesta y las familias

estaban con algo caliente que tomar,

que sentir en el estómago.

Y si estuvieras en mis años jóvenes

y yo en tus años viejos, madre…  

eso sería a más tardar bajo la lluvia,

con los firmamentos que no conocimos.

Ya suena una melodía en la casa:  

es intensa, magnífica,

tanto así que te he vuelto conmigo.

Y no digas nada si me ves viejo, agotado,

algo pensativo por aquello que es una simple añoranza.

EL GATO ONÍRICO

Ya no se monten sobre el lomo de mi gato onírico

ni le manchen el pecho blanco

con andanzas de burro débil.

Nadie B que está agónico.

Que fastidio me da que lo despierten

y maúlle aquí donde yacen mis enseres.

¡Pobre gato! Y que rabia me da que le digan

secretos de no se sabe quién.

Todos vienen a encontrar consuelo,

a llorar, culposos, sobre su pecho,

mas mi hermoso gato ya no oye,

ya no sufre mundos ni padece colitis.

Me lo regalaron, y fue libre

hasta ese día que lo preñaron de egoísmo.

Ven, gatito. Él se aparta de mí,

ya no es el mismo. ¡Fueron ustedes!…

Hice un pacto con el demonio

para adentrarme en su cuerpo felino,

y que él se hiciese de mi cuerpo miserable.

Después de ese 14 de agosto

ya ni caso hacía de las conversaciones ajenas;

lo miraba al gato, que era yo,

y ambos entendimos que los muertos

tienen secretos sin resolver.

DIEGO FERNÁNDEZ

A Diego le quedaba algo más de media botella de whisky. Se levantó con un poco de dificultad; puso, a volumen bajo, unas cuantas piezas de Mozart y se volvió a sentar. Era como si esa noche llegaran a él esos recuerdos de una vida. No se lamentaba de nada, no se sentía ni siquiera pesimista ante lo que era más que sabido: la muerte no le iba a dar una segunda oportunidad. Ya había pasado buen tiempo de su vida sin rendirle cuentas a nadie. Un vecino le dijo que no fumara más, que dejara la bebida, mas no hizo caso. Siguió saliendo con Renato, siguió dándole cabida a esas distensiones de viejo para no sentirse tan enfermo como la primera vez que cayó desmayado y solo su amigo Renato llegó allí a prestarle ayuda. Se despertó. Es cierto que estaba fumando menos, que trataba de comer a diario comida saludable, pero nada lo fortalecía. Nadie sabía lo que le pasaba. Diego era un hombre discreto y distante. Lo que sentía, poco lo daba a notar. Hubo muchas veces en las que quiso contarle a su mejor amigo lo que le estaba ocurriendo —sincerarse—, decirle que ya no estaba bien anímicamente, que había algo que lo agotaba; le parecía que esa vida no era suya, que jamás había querido estar en ese lugar del tiempo ni del espacio, que era demasiado con esa mezquina soledad en la que estaba atrapado.

Sabía que no le quedaba mucho tiempo de vida.

«Tanta vida y esto es lo que nos toca. Hacernos viejos, incompetentes. Esperar que la muerte nos abrace. Parece mentira, querido y estúpido Diego —se reprochaba a sí mismo—; parece una vil mentira que ahora te sientas tan mal y ya no quede nada por vivir. Si le hubieses dicho a tu esposa todas las veces del mundo que la amabas, que no podías vivir sin ella todo hubiera sido distinto. ¿Dinero? ¡No hice nada en mi vida por dinero! ¡El dinero no lo es todo, maldita sea! Hay cosas que no se solucionan con poder, con una buena solvencia económica, ¡cierto! ¿¡Por qué no respondes, querido Dieguito, aunque te suene irónico, a esas interrogantes tan básicas de la vida!? Conociste gente buena, te has encontrado con una mujer que es bella y no sientes nada. Ya se pudrió todo… Mozart es una mierda, mejor pongamos a Beethoven», pensó Diego.

En ese delirio, en esa falsa ilusión que le daba el alcohol, el ya desmejorado Diego, se paró del sillón, y puso la música del gran compositor. En toda esa aglomeración de tiempo, en el que había estado solo, aprendió a conversar con él mismo. Y eso, en parte, le produjo dificultades a la hora de sociabilizar. No podía atender ninguna conversación sin que su propia respuesta estuviera bloqueándole la mente. Algunas veces creyó que se estaba volviendo loco; otras, que ya era un loco.

«¿Qué te hace falta para ser feliz? ¡Pues… nada! Todo lo que has tenido, ha sido a costa de esfuerzo, y eso es una recompensa. ¿Dejarías el cigarrillo? ¡Podría…! Pero no quiero dejarlo, porque me gusta fumar. A estas alturas es poco probable que pueda seguir haciéndolo, y es que apenas puedo mantenerme en pie. ¡No! Eso no es para lamentarse. La situación pasa por querer estar vivo, sentirme útil. No hay otra cosa que se pueda hacer. ¿Quién soy? Si las personas supieran lo que realmente es la vida, no tendrían que andar discutiendo por cualquier cosa. ¿De qué me sirvió, por ejemplo, vivir enojado conmigo y con los otros? Mis padres hicieron lo que pudieron para verme feliz, mas eso no fue todo», siguieron carcomiéndolo, las preguntas existenciales.

Puso sobre la mesa el vaso, se levantó y caminó hasta la ventana. Sentía como el tiempo había pasado deprisa, como si la sensación de estar hablando con sus padres sobre lo hermoso que le parecían los binoculares estuviera presente. «No es un regalo muy costoso, te lo damos con mucho amor», le dijeron. Y Diego se sintió el hombre más feliz del planeta. No era el precio del regalo lo que le importaba, sino el gesto que sus padres tuvieron para con él. Y también llegaba a su memoria que, ese mismo día, usó esos binoculares para observar, desde la ventana de su casa, el hacer de las personas que transitaban por allí cerca. ¡Qué importaba si esos binoculares tenían poco alcance! No era necesario ver a las estrellas emperifolladas y siempre lúcidas; no era ni siquiera llamativo pensar en lo que había en el cielo de ese entonces. Contemplar el mundo, lo que ocurría en él, era lo mejor que le podía estar pasando.

«¡Padre!… ¡Madre!… Ustedes son los mejores… Y si no me hubiesen regalado nada, no me importaba; ustedes son los padres más buenos del planeta», dijo para sí, con cierta tristeza.

Diego, que siempre huía de la nostalgia, que siempre creía en la fortaleza del ser humano, en su razón para seguir adelante, añoró aquello que un día tuvo y que de pronto se esfumó.

«Eso que he vivido y que me ha dado tantas alegrías y tristezas, ya no ha de volver. ¿A quién puedo recurrir? Renato está cansado de mis locuras, y lo entiendo. Es un buen amigo… el mejor. Sin su compañía nada hubiera resultado tan fácil. Lo que es tener a alguien que sea tu bastón, que te empuje en esos momentos donde piensas lo peor. ¿Qué hubiese pasado si no estuviera Renato? La pérdida de mi esposa no fue fácil de sobrellevar. No hay dolor que se compare con la muerte de un ser querido, y ¿por qué? Bien me decía ella que tenía que alejarme de rencores y egoísmos. Me lo pidió esa tarde de octubre, esa inolvidable tarde: “Prométeme que no odiarás, que no blasfemarás; que te olvidarás de que Dios tuvo la culpa de lo que le sucedió a tus padres. ¡Prométemelo, Diego! Sé que no es fácil abrir el corazón, llenarse de buenos sentires, pero tienes que hacerlo. No me odies por no haber sido la mujer perfecta para ti; no me odies por querer que siempre seas un hombre mejor. Deja, mi amor, de sentir que el mundo está en tu contra. Nadie lo está. Ni si quiera las cosas malas son tan malas como parecen, algo bueno traen. Entiéndelo”», se acordó Diego.

Renato siempre lo observaba: Diego estaba en su silla, con las manos apoyadas en su vientre, intentando mecerse para que el mundo se viera distinto; era como si en su interior quisiera que lo que pasaba afuera tuviera un ritmo, una cadencia. Renato dejaba que lo hiciera, sin reprocharle nada, ya que se sentía igual. Renato veía en Diego, un espejo de su propia existencia.

La muerte esperaba a Diego con los brazos abiertos. Ya lo sabía. Aunque le habían prohibido las noches, los excesos, no dejaba de ir, ya que consideraba que nada de lo que hiciera iba a cambiar su destino. Pero los recuerdos, esos recuerdos de vida que llevaba en el ser lo acongojaban hasta derramar lágrimas. Esa noche iba a ser la última en su casa.

Todo estaba tan cambiado. Desde la muerte de su esposa, esa ciudad en la que vivió por mucho tiempo —y que no había sido suya, porque apenas sabía cómo se llamaba la calle—, nunca le había sido tan familiar, tan conocida, después de esa irreparable pérdida. Y cuánto la extrañaba, cuánto quería preguntarle el porqué de su muerte. Las preguntas existenciales lo abordaban, le exigían respuestas que intentaba responderse entre copa y copa, entre nostalgia y nostalgia. Miraba cada rincón de la casa.

«¿Entonces qué somos? ¿Para qué vinimos al mundo? Para esto… Casa… Tú que has sido el cobijo de mi vida, tú que me viste sufrir la soledad todo este tiempo, ¡dime!… ¿Para qué hemos venido al mundo sino a llorar, a ver cómo pasan los años y no podemos hacer nada? Y digo nada porque así es como nos topamos los seres humanos cuando caemos en la desgracia. No me gusta hablar sobre delirios, pero es hora de hablar solo, de gritar solo, de maldecir solo. Ya no me queda mucho tiempo, lo presiento. ¿Por qué no me respondes? ¿Por qué las cosas que han convivido conmigo no pueden responderme? Estoy alucinando… Las copas no han sido la mejor opción… He tenido delirios, alucinaciones. ¿Por qué no me respondes, casa? ¿Por qué no eres capaz de responderme una vez, tan siquiera una vez?», cuestionaba Diego.

La visión poco a poco se le iba nublando, las fuerzas lo abandonaban. Intentaba oír esas piezas de música clásica que sonaban en el tocadiscos y reflexionar sobre el pasado. Estaba muy cerca de la muerte; supo que merodeaba su casa, como si esperara que él diera un paso en falso para poder llevarlo con ella.

Diego nunca le tuvo miedo al más allá, nunca sintió esos deseos de estarse en otro mundo. Sentía que había un universo paralelo al suyo. Algo en el fondo del corazón, lo volvía totalmente humano, sentimental. Podría decirse que era un hombre que observaba demasiado y sacaba conclusiones que le permitían estar en otra realidad. Y es así que pudo mantenerse en pie. Estaba dispuesto a ir al Hospital —ese lugar que ya era como una segunda casa para él— y quedarse el tiempo que fuese necesario hasta que diera el último suspiro. Allí también tenía amigos; personas que eran muy distintas y que pocas veces eran entendidas. Los que lo conocían, lo saludaban con un fuerte abrazo. Para él era un mundo distinto, muy diferente al mundo que conocía. Esperaba ese momento: la muerte.

«Es que ya hemos hablado lo necesario. No me digas nada. ¡Basta! Estoy cansado de oírte, me aturdes. ¡Cállate! No intentes gobernar mi mente con preguntas y con historias que son parte de mi realidad, no me incites al delirio. ¡Calla!… Sí, ya sé, querido pensamiento. Seguro eres tú el que tiene las respuestas a todas las preguntas que tengo que hacerte. Ya estoy cansado, estoy tratando de pasar un buen rato con esta música y tú vienes a decirme aquí que hablemos, que nos adentremos en la historia, que tampoco es mi historia. ¡Me niego!… ¡Eres tú el que dices incoherencias! Estoy cansado de tus sandeces. No estoy loco, si eso quieres saber. Nunca lo estuve. Si he fumado todos los días es porque me ha dado la gana de hacerlo y ya; si he bebido más… esa ha sido mi decisión. Ahora se me antojó hablar con mi casa, preguntarle por su sentir. ¿Eso es de locos? ¿Puedes escuchar esos crujidos que hay? Es como si alguien intentara escribir una historia de forma pausada, ¿lo oyes? ¿Acaso es mi máquina de escribir? Eso es tenebroso, malévolo. Entender que no hay nadie a tu alrededor y que, de pronto, las cosas empiecen a sonar. ¿Y tú me crees loco porque hablo con mi casa? Eso no tiene nada de negativo. El hombre se inventa mundos, se interna en sus yos para no sentirse solo, para no caer en ese estado al que se llega cuando hemos perdido a nuestros seres queridos. Ya me ves, sigo aquí; me jubilé como un excelente trabajador y no hice otra cosa más que mantenerme en pie, siempre correcto, siempre inhalando la pobreza de espíritu de los que me rodean. ¿Qué tiene de malo? Y si la casa me quiere responder, eres tú la que tiene que callar. ¿Quién dice que las cosas no hablan? ¿Quién nos ha hecho creer que las cosas no sienten? Me río. ¿Has observado que nada vuelve a ser lo mismo desde que uno entra en depresión? Parece que las cosas entristecen, se vuelven grises, sin sentido, y olvidan sus colores primarios. Eso es lo que les pasa cuando ya no sienten nuestra presencia, querido pensamiento. ¡¡Sí!! Llámame loco. ¿De qué locura hablas? Hice mi vida como creí correcto. Me he mantenido al margen de cualquier error, he vivido aquí por mucho tiempo y he visto cosas que nadie sería capaz de ver. ¿De qué hablamos? Puedo preguntarle a mis ollas, a mis sartenes sobre mí; lo mismo puedo hacer con mi dormitorio, con el piano de mi esposa, y todos están en su sano juicio de opinar, porque así es la vida, ¿o no? ¿De qué presente hablo? No eres tú el que escribe mi sentir. ¡Aléjate, muérete! No te inventes historias que jamás han existido… No me inventes más amaneceres si ya estoy viejo; tú lo sabes… Me hiciste viejo, me creaste viejo. Ya me queda poco tiempo de vida y no quiero desperdiciar mis últimas palabras hablando tonterías. ¿Mi mundo es otro? ¿De qué hablas? No… Creo que el mundo supone que es feliz de la manera en que vive y hay que respetar, pero quién eres tú para cuestionar lo que es o no es el mundo, quién eres tú para adentrarte en mi mente y decidir. No lo permito» reflexionó Diego, mientras comenzaba a desfallecer.

Sintió como su cuerpo iba perdiendo las fuerzas y que una neblina se apoderaba de su consciencia, y, aunque estaba en esas meditaciones diarias, en esas conversaciones poco esperanzadoras con la soledad, no se atrevía a levantar la voz ni comportarse como un inmaduro. Era otra persona. Se acordaba de que sus padres sufrieron mucho por sus travesuras. Lo llevaron a un doctor. Les explicaron lo que estaba pasando en ese entonces y desde allí lo medicaron. Él estaba casi seguro de que sus padres estaban cometiendo un craso error, él no había querido golpear con el trompo a Juanito Zúñiga, pero nadie le creyó. Siguió sintiéndose mal, pero no iba a quejarse por nada. Aprendió a sobrevivir a la jungla humana, a los ruidos que le producían tanta molestia. No estaba dispuesto a dejarse caer ante algo que era inminente.

Estaba confundido. Era como si esa última soledad de su hogar le ofreciera una visión sobre su vida —siempre supo que era un hombre distinto a los demás—, y aquello, aunque no merecía su nostalgia, lo llenaba de cuestionamientos. A su edad ya no se permitía sentirse entusiasmado, mas se sentía con el derecho de responderse a sí mismo sobre las interrogantes que le venían a la mente. «El hombre sabe, como los animales, cuando le llega la hora y se entrega a su destino. ¡Qué sé yo! Siento que no puedo más…», pensaba, mientras iba cayendo.

Lentamente, los ojos de Diego se fueron cerrando. El vaso con whisky que tenía en la mano se cayó y se rompió. En un último intento por abrir los ojos, pudo ver que alguien lo miraba, que nada estaba en el mismo lugar de sus recuerdos, pero ya nada importaba, era el fin…

HACE TIEMPO

Hace tiempo que escondo los pesares
en mi alma solitaria y tremebunda;
también escondo pájaros y mares
de un sórdido paisaje que circunda
mi pensamiento libre, mi andar trágico.
Es que me acuerdo que solo la vida
nunca espera retorno, pues lo mágico
de vivir… es la muerte sin salida.
No sé qué me pasó (poco me importa).
¿Por qué un largo penar llega en instantes?
Todo el tiempo vivido se me acorta,
y sueño con olvidos confortantes.
Hace tiempo que escondo en mi conciencia
el dulce manantial de mi inocencia.

HOY

a José Luis García Marichal

Hoy se murió un amigo más,
pero no cualquier amigo.
Este amigo tenía las alas de ángel,
la tenacidad de un mar inmenso.
Él era azul, era como el aire de las mañanas,
era un dragón constelado.
Hoy se murió mi amigo,
con el que leímos a Joyce,
con el que avanzamos en charlas amenas,
en lecturas profundas.
Entonces qué dolor humano siento,
qué intensidad de ser que echo por la boca.
Y es que me siento doblegado con su partida,
me siento ausente.
«Hermano, te fuiste pronto, pero yo no estoy lejos de ti.
Puedo morir de la misma forma, puedo seguirte,
pero hoy, como es hoy de febrero, déjame recordarte».
Hoy se murió un amigo más,
pero no cualquier amigo.
Hoy se murió un amigo más,
pero no cualquier amigo, sino un hermano,
pero no un hermano, sino una eternidad.
Hoy me siento triste,
pero triste de veras.

CUENTA CONMIGO

Cuando el agobio te consuma, búscame.
O deja que esté allí por lo menos.
No jales el gatillo, no cuelgues la soga, no te prendas fuego.
Hay superhéroes huevones
que no saben de realidades.
Y que pintan pajaritos en el aire…
Nosotros, que somos de carne y hueso,
sabemos más del dolor que cualquier otro…
No jales el gatillo, no cuelgues la soga, no te prendas fuego.
Un «Hola» bastará para saber que me necesitas,
que también te necesito.
Si eres extraño, ¡a la mierda!, no importa.
¿Quién se conoce realmente?
No jales el gatillo, no cuelgues la soga, no te prendas fuego.
Con un «Ayúdame» o un «Hablemos» basta.
Al carajo lo demás. Estaré para escucharte a la hora que sea…
Lo haré cuando me necesites.
Pero, no lo hagas… No te arrojes al mar de la desolación.
No te conozco, no me conoces…
Y eso qué… A la mierda las ceremonias. ¡Puedes contar conmigo!

EXTRATERRESTRE

Me gusta que mi mujer quiera parecerse  

a una lagartija, que tenga esa fijación  

por los extraterrestres y sea de otra galaxia.

Me asusta cuando amanece, 

cuando el maquillaje ha desaparecido

de su rostro y descubre su imagen amorfa.

La elegí porque es rabiosa

y hasta echa espuma.

Pero la amo (si eso es verdadero amor).

Me gusta que me bese y diga que huelo

a perro, que sepa distinguir la raza.

Odia los versos con sabor a estupidez

y le agrada mi sabor a cigarro…

Ella es mi mujer y la detesto. 

Sabe que soy suyo y, a veces, me aborrece

como cuando no le queda bien

la tinta del pelo.

La hice mi prisionera preferida,

mi constelación lúcida.

¡Cállate, idiota!, me dice.

Y ya sé que me ama tanto

y ella sabe que la adoro. 

Poema que quedó afuera del poemario «Manifiestos»

EL ÉXITO

Si no me conozco, si finjo ser una buena persona, si odio, si soy un mal hijo, un mal hermano, un mal padre, no puedo ser exitoso. ¿Qué sería el éxito? ¿Felicidad? ¿Dinero? ¿Fama? ¿Reconocimiento? ¿Es acaso este deseo una realidad efímera y banal? ¿Es acaso el éxito una expansión del «querer algo»? Supone que despertar después de un extenuante día de trabajo, hacer las cosas sin haber maldecido de lo que tienes y de quien eres, ya es parte de nuestro éxito. Hay personas que ni siquiera despiertan, que ni siquiera nacen, que ni siquiera tienen una segunda oportunidad. El éxito debe significar, antes que nada, ser mejor persona, interpretar nuestra vida desde su parte más sencilla y de allí partir hacia un mar bullicioso, de allí salir a enfrentar las peripecias con bondad y benevolencia. No me gustaría ser exitoso y miserable. Quiero, como significado de éxito, decir la verdad, borrar de mí toda acción egoísta o mezquina, ya que ni siquiera este cuerpo me pertenece. Dicho esto, ¿qué significa éxito? Aceptar que primero debo ser mejor persona, sería un buen comienzo.